martes, 10 de noviembre de 2015

Un Curso en Milagros en el Colegio de Salvington. Capítulo 8. EL VIAJE DE RETORNO. El cuerpo como medio o como fin. (Parte 1). Micael de Nebadon. ¡Compartir!!!


"Mientras disuelves todas las obstrucciones de la expresión vibratoria baja en el grandioso Océano de Su Vacuidad… Elevándote hacia arriba en la actividad vibratoria de todo el tejido vivo individual… tu campo de promesa y potencialidad… tus percepciones de subjetividad se elevarán a la Verdad y el Conocimiento… el Absoluto se establece mejor en ti… con tu campo de vida. Emerges fuera del capullo del vientre de la Madre Tierra en una expresión única personalizada e individualizada que se establecerá permanentemente en el Primero y Único Pensamiento Primordial del Padre Dios.

…y éste campo personal que estás demostrando y creado con la colaboración del Otorgamiento del Paraíso… se convierte en tu propia salvación mientras que la receptividad eterna se establece y reinstala a través de tu demostración viva de la maestría de tu Séptuple Autoridad creativa y de ser responsable adorando el Regalo de la Vida que se te a dado, porque los seres humanos están diseñados y creados para tener una comunión espiritual recíproca conscientes con el Uno que todo-penetra. Para precipitarte en el uso visible de todo lo necesario… y para reinstalarse nuevamente en Su Luz Pura Una… toda tu Substancia visible manifestada que ya no sirve a tus propósitos y significados.

Día a día… gradualmente… serás acelerado por tu fe y confianza en lo todo-penetrante que se extiende en la creación… como un cuerpo de creación. Nuestra Visión duradera se establece… porque puedes percibir así Nuestros propósitos y significados de las razas evolutivas."

Micael de Nebadon


Capítulo 8
EL VIAJE DE RETORNO
El cuerpo como medio o como fin (Parte 1)

Las actitudes que se tienen hacia el cuerpo son las actitudes que se tienen hacia el ataque. Las definiciones del ego con respecto a todas las cosas son inmaduras, y están siempre basadas en el propósito que él cree que todas ellas tienen. Esto se debe a que es incapaz de hacer generalizaciones, y equipara lo que ve con la función que le adscribe. No lo equipara con lo que es. Para el ego, el cuerpo es algo con lo que atacar. Puesto que te equiparas con el cuerpo, el ego te enseña que tu propósito es atacar. El cuerpo, pues, no es la fuente de su propia salud. La condición del cuerpo depende exclusivamente de cómo interpretas su función. Las funciones son algo inherente al estado de ser, pues surgen de éste, mas su relación no es recíproca. El todo ciertamente define a la parte, pero la parte no define al todo. Conocer en parte, no obstante, es conocer enteramente debido a la diferencia fundamental que existe entre conocimiento y percepción. En la percepción el todo se construye a base de partes que se pueden separar y ensamblar de nuevo en diferentes constelaciones. El conocimiento, por otra parte, nunca cambia; su constelación, por lo tanto, es permanente. La idea de que entre las partes y el todo hay relación sólo tiene sentido en el nivel de la percepción, en la que el cambio es posible. Aparte de eso, no hay ninguna diferencia entre la parte y el todo.

El cuerpo existe en un mundo que parece tener dos voces que luchan por su posesión. En esta percibida constelación se considera al cuerpo como capaz de alternar su lealtad de una a otra, haciendo que los conceptos de salud y enfermedad tengan sentido. El ego, como de costumbre, da lugar a una confusión fundamental entre los medios y el fin. Al considerar al cuerpo como un fin, el cuerpo no tiene realmente utilidad para el ego, puesto que el cuerpo no es un fin. Debes haber notado una descollante característica en todo fin que el ego haya aceptado como propio. Cuando lo alcanzas te deja insatisfecho. Por eso es por lo que el ego se ve forzado a cambiar incesantemente de un objetivo a otro, para que sigas abrigando la esperanza de que todavía te puede ofrecer algo.

Ha sido muy difícil superar la creencia del ego de que el cuerpo es un fin porque esta idea es análoga a la creencia de que el ataque es un fin. El ego tiene un marcado interés por la enfermedad. Si estás enfermo, ¿cómo podrías refutar su firme creencia de que no eres invulnerable? Éste es un razonamiento atractivo desde el punto de vista del ego porque encubre el ataque obvio que subyace a la enfermedad. Si reconocieses esto y además te opusieras al ataque, no podrías utilizar la enfermedad como un falso testigo para defender la postura del ego.

Es difícil percibir que la enfermedad es un testigo falso, ya que no te das cuenta de que está en total desacuerdo con lo que quieres. Este testigo, por consiguiente, parece ser inocente y digno desconfianza debido a que no lo has sometido a un riguroso interrogatorio. De haberlo hecho, no considerarías a la enfermedad un testigo tan vital en favor de la postura del ego. Una afirmación más honesta sería que los que quieren al ego están predispuestos a defenderlo. Por lo tanto, se debe desconfiar desde un principio de los testigos que el ego elige. El ego no convoca testigos que disientan de su causa, de la misma manera en que el Espíritu Santo tampoco lo hace. He dicho que juzgar es la función del Espíritu Santo, para la cual Él está perfectamente capacitado. Mas cuando el ego actúa como juez, hace todo menos juzgar imparcialmente. Cuando el ego convoca un testigo, lo ha convertido de antemano en un aliado.


Todavía sigue siendo cierto que el cuerpo, de por sí, no tiene ninguna función porque no es un fin. El ego, no obstante, lo establece como un fin porque, como tal, su verdadera función queda velada. Este es el propósito de todo lo que el ego hace. Su único objetivo es hacer que se pierda de vista la función de todo. Un cuerpo enfermo no tiene sentido. No puede tener sentido porque la enfermedad no es el propósito del cuerpo. La enfermedad tendría sentido sólo si las dos premisas básicas en las que se basa la interpretación que el ego hace del cuerpo fuesen ciertas: que el propósito del cuerpo es atacar, y que tú eres un cuerpo. Sin estas dos premisas la enfermedad es inconcebible.


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“YO SOY el Fuego Blanco Puro de  la Perfección de Cristo en mí”
Lucía Montaño Ferrer