miércoles, 7 de diciembre de 2016

UN CURSO EN MILAGROS - CAPÍTULO 15. EL INSTANTE SANTO. La pequeñez en contraposición a la grandeza. Micael de Nebadon / Micael Sananda Esu - Espíritu de la Verdad, Santo Consolador. ¡Compartir!!!


En la medida que ames al Señor tu Dios… lo debes percibir a Él en todas partes como un Todo.

La verdadera humildad está en el secreto de tener esta consciencia. De manera que llegue a reconocer que la Presencia de Dios es inminente y siempre presente como tú más plena naturaleza. Ciertamente, Él mora en las Octavas de la Luz y Vida a la cual ningún mortal puede acceder hasta que hayan evolucionado sus actividades vibratorias hacia una más Inmaculada Divinidad. Sin embargo… siempre habrá una mayor profundidad para toda la amorosa Bondad… Verdad… y Belleza… que puede ser alcanzada y a la que se puede tener acceso.

Y mientras vayas más allá de las octavas mortales primarias de la Tierra… en donde has estado creciendo hacia Su receptividad… así crecerás, desarrollarás y madurarás a través del servicio y el altruismo como Su Ascendencia… Su Personalización de Supremacía en el tiempo y el espacio de la creación.

Todas las criaturas y seres… todos los animales… todos los Reinos de Dios y Su Vida Iniciática… están evolucionando individualmente sobre su propio camino evolutivo.

Tus tan amados amigos los animales, tienen su propia manera de aproximarse a Dios en ellos. Porque nuestro Padre es insondable en Su Generosidad y en Dar.

Micael de Nebadon
Michael Of Nebadon Foundation


CAPÍTULO 15
EL INSTANTE SANTO
La pequeñez en contraposición a la grandeza

No te contentes con la pequeñez. Pero asegúrate de que entiendes lo que es, así como también la razón por la que jamás podrías sentirte satisfecho con ella. La pequeñez es la ofrenda que te haces a ti mismo. La ofreces y la aceptas en lugar de la grandeza. En este mundo no hay nada que tenga valor porque es un mundo que procede de la pequeñez, de acuerdo con la extraña creencia de que la pequeñez puede satisfacerte. Cuando te lanzas en pos de cualquier cosa en este mundo creyendo que te ha de brindar paz, estás empequeñeciéndote y cegándote a la gloria. La pequeñez y la gloria son las únicas alternativas de que dispones para dedicarles todos tus esfuerzos y toda tu vigilancia. Y siempre elegirás una a expensas de la otra.

Sin embargo, de lo que no te das cuenta cada vez que eliges, es de que tu elección es tu evaluación de ti mismo. Opta por la pequeñez y no tendrás paz, pues habrás juzgado que eres indigno de ella. Y cualquier cosa que ofrezcas como substituto será un regalo de tan poco valor que te dejará insatisfecho. Es esencial que aceptes el hecho - y que lo aceptes gustosamente - de que ninguna clase de pequeñez podrá jamás satisfacerte. Eres libre de probar cuantas quieras, pero lo único que estarás haciendo es demorar tu retorno al hogar. Pues sólo en la grandeza, que es tu hogar, podrás sentirte satisfecho.

Tienes una gran responsabilidad para contigo mismo, y es una responsabilidad que tienes que aprender a recordar en todo momento. Al principio, la lección tal vez te parezca difícil, pero aprenderás a amarla cuando te des cuenta de que es verdad y de que no es más que un tributo a tu poder. Tú que has encontrado la pequeñez que buscabas, recuerda esto: cada decisión que tomas procede de lo que crees ser, y representa el valor que te atribuyes ti mismo. Si crees que lo que no tiene valor puede satisfacerte, no podrás sentirte satisfecho, pues te habrás limitado a ti mismo. Tu función no es insignificante, y sólo podrás escaparte de la pequeñez hallando tu función y desempeñándola.

No hay duda acerca de cuál es tu función, pues el Espíritu Santo sabe cuál es. No hay duda acerca de la grandeza de esa función, pues te llega a través de Él desde la Grandeza. No tienes que esforzarte por alcanzarla, puesto que ya dispones de ella. Mas debes canalizar todos tus esfuerzos contra la pequeñez, pues para proteger tu grandeza en este mundo es preciso mantenerse alerta. Mantenerse continuamente consciente de la propia grandeza en un mundo en el que reina la pequeñez es una tarea que los que se menosprecian a sí mismos no pueden llevar a cabo. Sin embargo, se te pide que lo hagas como tributo a tu grandeza y no a tu pequeñez. No se te pide que lo hagas solo. El poder de Dios respaldará cada esfuerzo que hagas en nombre de Su amado Hijo. Ve en pos de la pequeñez, y te estarás negando a ti mismo Su poder. Dios no está dispuesto a que Su Hijo se sienta satisfecho con nada que no sea la totalidad. Pues Él no se siente satisfecho sin Su Hijo y Su Hijo no puede sentirse satisfecho con menos de lo que Su Padre le dio.

Anteriormente te pregunté: "¿Qué prefieres ser, rehén del ego o anfitrión de Dios?" Deja que el Espíritu Santo te haga esa pregunta cada vez que tengas que tomar una decisión. Pues cada decisión que tomas la contesta, y, por lo tanto, le abre las puertas a la tristeza o a la dicha. Cuando Dios se dio a sí mismo a ti en tu creación, te estableció como Su anfitrión para siempre. Él no te ha abandonado, ni tú lo has abandonado a Él. Todos tus intentos de negar Su grandeza, y de hacer de Su Hijo un rehén del ego, no pueden empequeñecer a aquel a quien Dios ha unido a sí mismo. Cada decisión que tomas es o bien en favor del Cielo o bien en favor del infierno, y te brinda la conciencia de la alternativa que hayas elegido.

El Espíritu Santo puede mantener tu grandeza en tu mente a salvo de toda pequeñez, con perfecta claridad y seguridad, y sin dejar que se vea afectada por los miserables regalos que el mundo de la pequeñez desea ofrecerte. Pero para que el Espíritu Santo pueda hacer esto, no debes oponerte a lo que Él dispone para ti. Decídete en favor de Dios por medio de Él. Pues la pequeñez y la creencia de que ésta te puede satisfacer, son decisiones que tomas con respecto a ti mismo. El poder y la gloria que hay en ti procedentes de Dios son para todos los que, como tú, se consideran indignos y creen que la pequeñez puede expandirse hasta convertirse en una sensación de grandeza que los pueda satisfacer. No des ni aceptes pequeñez. El anfitrión de Dios es digno de todo honor. Tu pequeñez te engaña, pero tu grandeza emana de Aquel que mora en ti, y en Quien tú moras. En el Nombre de Cristo, el eterno Anfitrión de Su Padre, no toques a nadie con la idea de la pequeñez.

En esta temporada (Navidad) en la que se celebra el nacimiento de la santidad en este mundo, únete a mi que me decidí a favor de la santidad en tu nombre. Nuestra tarea conjunta consiste en restaurar la conciencia de grandeza en aquel que Dios designó como Su anfitrión. Dar el don de Dios está más allá de tu pequeñez, pero no más allá de ti. Pues Dios quiere darse a Sí Mismo a través de ti. Él se extiende a sí mismo desde ti hacia todo el mundo, y más allá de todo el mundo hasta las creaciones de Su Hijo sin abandonarte. Él se extiende eternamente mucho más allá de tu insignificante mundo, aunque sin dejar de estar en ti. No obstante, Él te ofrece todas Sus extensiones a ti, puesto que eres Su anfitrión.

¿Es acaso un sacrificio dejar atrás la pequeñez y dejar de deambular en vano? Despertar a la gloria no es un sacrificio. Pero si es un sacrificio aceptar cualquier cosa que no sea la gloria. Trata de aprender que no puedes sino ser digno del Príncipe de la Paz, nacido en ti en honor de Aquel de Quien eres anfitrión. Desconoces el significado del amor porque has intentado comprarlo con baratijas, valorándolo así demasiado poco como para poder comprender su grandeza. El amor no es insignificante, y mora en ti que eres el anfitrión de Dios. Ante la grandeza que reside en ti, la poca estima en que te tienes a ti mismo y todas las pequeñas ofrendas que haces, se desvanecen en la nada.

Bendita criatura de Dios, ¿cuándo vas a aprender que sólo la santidad puede hacerte feliz y darte paz? Recuerda que no aprendes únicamente para ti, de la misma manera en que yo tampoco lo hice. Tú puedes aprender de mi únicamente porque yo aprendí por ti. Tan sólo deseo enseñarte lo que ya es tuyo, para que juntos podamos reemplazar la miserable pequeñez que mantiene al anfitrión de Dios cautivo de la culpabilidad y la debilidad, por la gozosa conciencia de la gloria que mora en él. Mi nacimiento en ti es tu despertar a la grandeza. No me des la bienvenida en un pesebre, sino en el altar de la santidad, en el que la santidad mora en perfecta paz. Mi Reino no es de este mundo, puesto que está en ti. Y tú eres de tu Padre. Unámonos en honor a ti, que no puedes sino permanecer para siempre más allá de la pequeñez.

Decide como yo que decidí morar contigo. Mi voluntad dispone lo mismo que la de mi Padre, pues sé que Su Voluntad no varía y que se encuentra eternamente en paz consigo misma. Nada que no sea Su Voluntad podrá jamás satisfacerte. No aceptes menos y recuerda que todo lo que aprendí es tuyo. Yo amo lo que mi Padre ama tal como Él lo hace, y no puedo aceptar que sea lo que no es de la misma manera en que Él tampoco puede hacerlo. Cuando hayas aprendido a aceptar lo que eres, no inventarás otros regalos para ofrecértelos a ti mismo, pues sabrás que eres integro, que no tienes necesidad de nada y que eres incapaz de aceptar nada para ti. Y habiendo recibido, darás gustosamente. El anfitrión de Dios no tiene que ir en pos de nada, pues no hay nada que él tenga que encontrar.

Si estás completamente dispuesto a dejar que la salvación se lleve a cabo de acuerdo con el plan de Dios y te niegas a tratar de obtener la paz por tu cuenta, alcanzarás la salvación. Mas no pienses que puedes substituir tu plan por el Suyo. En vez de eso, únete a mi en el Suyo para que juntos podamos liberar a todos aquellos que prefieren permanecer cautivos, y proclamar que el Hijo de Dios es Su anfitrión. Así pues, no dejaremos que nadie se olvide de lo que tú quieres recordar, y de este modo, lo recordarás.

Evoca en todos únicamente el recuerdo de Dios y el del Cielo que mora en ellos. Allí donde desees que tu hermano esté, allí creerás estar tú. No respondas a su petición de pequeñez y de infierno, sino sólo a su llamamiento a la grandeza y al Cielo. Note olvides de que su llamamiento es el tuyo y contéstale junto conmigo. El poder de Dios está a favor de Su anfitrión eternamente, pues su único cometido es proteger la paz en la que Él mora. No deposites la ofrenda de la pequeñez ante Su santo altar, el cual se eleva más allá de las estrellas hasta el mismo Cielo por razón de lo que le es dado.






  
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